domingo, 11 de abril de 2010

Domingos del alma quieta

La tarde de domingo se acuesta en mi regazo. Ya hace calor. El sol se templa y mis gatos alrededor buscan el sueño de las horas. Hay cierto desorden aquí y allá nada anormal para mi.
He sentido flotar en una gota de sudor que me transporta a lugares escabrosos donde no entiendo como un palpitar en mi pecho no me deja caer. Así será la tarde de domingo.
He mirado mis dos girasoles luchar, uno más grande el otro más chico, no florecen pero lo harán quizás en amarillo, quizás en rojo. Estoy pendiente de su verde luz, de su alegría. No extraño a nadie, ni nadie me extraña ,mejor así sin péndulos, sin voces, o movimiento de horarios en la trágica misión de no enloquecer y recordar los días vividos en la fragancia de un adiós venidero.

Pues sí aquí estoy, son pocos, pocos los que vienen, nadie toca a mi puerta, y pocos son los que me visitan, Podría decir que nadie, pero en el mes no vienen visitas. Lo siento querido Samuel, lo siento, el lobo de la estepa gana terreno. En tu funeral pocos irán, tan pocos como las visitas en tu cueva pero no de marfil: cueva de pensamientos, cueva de vida, caminos, traumas en la demencia oportuna.

Gracias por venir, ahora cierro la puerta. Apagaré las luces.

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